AMLO: ¡Viva el que pasó de panzazo”…

Por momentos, el tercer aniversario de aquel triunfo del 2018 estuvo lejos de ser un informe oficial y se asemejó más a una ceremonia colegial de fin de curso, apropiada para festejar una boleta con 6.

Relamido, con el cabello embadurnado de bálsamo y el rostro de piedra, parecía el niño regañado de la clase, esta vez decidido a obtener una estrella en la frente y a disfrutar su seis, su ansiada nota aprobatoria… Por momentos, el tercer aniversario de aquel triunfo del 2018 estaba lejos de ser un informe oficial y se asemejaba más a una ceremonia colegial de fin de curso, apropiada para festejar un pase de panzazo. Y el presidente Andrés Manuel López Obrador jugó con soltura el papel de chiquillo salvado por la campana, orgulloso de esquivar -en la prueba final- la lista de reprobados. ¡Uf! Apenitas… Lucía cómodo en la raya: tanto así que dedicó más de cinco minutos de su discurso a compartir los resultados de una encuesta telefónica elaborada por el propio gobierno federal en la cual su calificación promedio fue de 6.7. Todas las cifras de ese sondeo, en realidad, iban en sintonía con esa suficiencia entre alfileres: el 40 por ciento de los interrogados, por ejemplo, consideró su situación económica peor a la del año pasado y casi la cuarta parte vislumbró tiempos más difíciles para el año siguiente e incluso para el final de sexenio. Sobre nivel de corrupción, el 53 por ciento lo consideró igual o mayor. Pero en esa analogía situada en el patio de una escuela, padres y maestros del chico -ahora sí, planchadito y con zapatos lustrados-, no estaban para reprochar los desatinos de comportamiento y aprovechamiento en aula, sino para ovacionar las materias rescatadas. Por eso, cuando el tabasqueño aludió el respaldo ciudadano a la transformación del país (87.4 por ciento lo aprobó, conforme a la muestra), los invitados al acto: alrededor de 50 sentados frente al estrado presidencial, se unieron en el aplauso y repitieron el jolgorio cuando se citó un aval del 70 por ciento a la continuidad de AMLO en el cargo. Ya secado el sudor, alentado por la condescendiente postura de sus progenitores, el mocetón del seis se ajustó de nuevo el traje oscuro y la corbata rosada para pavonear: “Estamos bien calificados, pero aspiramos a convencer a más gente, a que haya una mayor revolución de las conciencias. No he defraudado la esperanza de quienes votaron por mí. Nadie podrá decir que no he cumplido con desterrar la corrupción y destinar mi imaginación, experiencia y trabajo en beneficio del pueblo. Los logros están a la vista. La gente no ha perdido la esperanza en un mejor porvenir”. Al final de cuentas, a la luz de reprimendas, reportes y exámenes fallidos, el año parecía perdido… López Obrador destinó la mitad de su mensaje a los obstáculos: primero, la crisis económica y sanitaria. Reconoció “la actitud responsable de los mexicanos” y agradeció otra vez a médicos, enfermeras y demás personal de salud. “Hemos hecho lo humanamente posible para salvar vidas, respondimos a tiempo, levantamos con oportunidad un sistema de salud que estaba en ruinas, no titubeamos en destinar recursos y reconvertir hospitales”. Habló de recuperación económica, del índice de empleos, comercio, turismo, aviación e industria, sin contratar, dijo, deuda pública adicional ni descarrilar la inflación, “excepto en el gas, que ha subido un poco, pero vamos a corregir muy pronto”. Y después, citó la inseguridad: “Hemos avanzado, aún con la complejidad del problema que heredamos; cuando llegamos, ya estaban integradas bandas y grupos delictivos: Jalisco, Pacífico, Guanajuato, son los que estamos enfrentando. No se han creado nuevos, y de todas formas ha ido bajando la incidencia delictiva”. Aquel suspiro contenido se liberó; aquel semblante rocoso del arranque se le fue suavizando en el transcurrir del tiempo, inspirado en la ovación de colaboradores y el grito fiel de sus aliados. Sobresalió el fervor del general Luis Cresencio Sandoval (Sedena) y del almirante José Rafael Ojeda (Marina), quienes flanquearon la primera fila. El presidente se soltó y ya más relajado incursionó en temas escabrosos como el electoral y la confrontación política. Denunció, en las últimas elecciones, la conformación de un “bloque conservador” integrado por empresarios, periodistas, intelectuales, dueños de medios de comunicación, líderes partidistas, dirigentes de sociedad civil y políticos del antiguo régimen. Su objetivo, dijo, “era impedir que obtuviéramos mayoría en la Cámara de Diputados, cuya facultad es aprobar el presupuesto. Hicieron todo, guerra sucia, pero no lograron su propósito. La bancada a nuestro favor tendrá cómoda mayoría. Se les ganó en buena lid, porque el pueblo es sabio”. Y estallaron de nuevo las vivas y porras. “No podrán detener ayudas destinadas a los pobres…, a quienes aborrecen, porque son clasistas, racistas e hipócritas, como bien dijo Benito Juárez: ´ricos y poderosos ni sienten ni procuran remediar desgracias de pobres, podrá suceder que levanten la mano frente al pueblo, pero lo harán por intereses y conveniencias´. Yo no aspiro a tener el monopolio de la verdad absoluta”. Y llegó su momento en la fila escolar. El casi reprobado volvió a sacar el pecho y a entiesar piernas y brazos. Untado con ungüentos ancestrales se alistó para recibir su boleta. ¡Andrés Manuel, aprobado! ¡Andrés Manuel, promedio de 6.7! ¡Uf! Apenas. ¡Viva, viva, viva el que pasó de panzazo!…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *